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Uno de los primeros recuerdos recurrentes que tengo de mi padre es el de oírle canturrear en la ducha, silbar mientras se afeitaba, arrancarse con el estribillo de una canción que sonaba en el coche mientras me llevaba a la guardería o al colegio. Cantaba en italiano y se inventaba la letra sin pudor.

Resumen: 

Uno de los primeros recuerdos recurrentes que tengo de mi padre es el de oírle canturrear en la ducha, silbar mientras se afeitaba, arrancarse con el estribillo de una canción que sonaba en el coche mientras me llevaba a la guardería o al colegio. Cantaba en italiano y se inventaba la letra sin pudor.

 
Vidas sonoras
 
Por Rubén Arribas
 
Uno de los primeros recuerdos recurrentes que tengo de mi padre es el de oírle canturrear en la ducha, silbar mientras se afeitaba, arrancarse con el estribillo de una canción que sonaba en el coche mientras me llevaba a la guardería o al colegio. Cantaba en italiano y se inventaba la letra sin pudor. Ahora sé que algunas eran collages que mi padre hacía de las letras de Jimmy Fontana, La nostra favola, Che Sara pero sobre todo Il Mundo…  También ahora sé que detrás del sonido del triángulo, el sonido de fondo del violín y la explosión de la orquesta en el estribillo mi padre intentaba entonar una lección de vida.
 
Nada tiene que ser para siempre si no lo deseas. Los malos momentos pasan con el tiempo, no existe una condena a perpetua infelicidad. El mundo gira y la noche da paso al día. Porque ahora sé que mi padre cantaba sobre todo cuando su corazón andaba triste o preocupado. Que cualquier vida va acompañada de una banda sonora y que mi vida no sería ni parecida sin la música. Que por qué, mientras la música electrónica revolucionaba mi juventud se me erizaba la piel con Franco Battiato. Que se pueden colorear melodías y puntear sentimientos en escalas invisibles de vida. Que una generación tiene su propia banda sonora. Qué las páginas de esta revista que en mayo cumplirá 20 años han ido acompañadas inevitablemente de una canción tras otra.
 
Sinfonías de letras impresas que buscan la melodía en el contrapunto y la belleza en la disonancia. El ritmo incesante de la imprenta, tesituras coloreadas en ilustraciones, silencios congelados en una nota suspendida tras un flash. Una orquesta de creadores que forman un unísono. Un acorde que acompaña la soledad junto a un sorbo de café tras la fanfarria de una redacción.
 
En mayo nuestra suite inacabada cumplirá 20 años. Y no se nos ocurre mejor forma que celebrarlos con un musical y homenajear la cultura de esta ciudad que pese a todo no ha dejado de cantarnos y dar la nota más alta, más allá de los 40. Porque a veces, cuando estoy triste, me sorprendo canturreando. Porque siempre hay un nuevo querer en este mundo que gira. Porque la creación independiente de Madrid se merece ser el rey león. 
 
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